
Ubicado en el corazón de Ciudad Universitaria, el Estadio Olímpico Universitario es mucho más que un recinto deportivo: es un símbolo cultural que mezcla arquitectura, paisaje volcánico y arte público mexicano en una misma vista.
Su historia comienza en los años 50, cuando la UNAM imaginó un campus moderno al sur de la ciudad. El estadio fue una de las primeras grandes obras del proyecto, pensado desde el inicio como un espacio para reunir a la comunidad, celebrar el esfuerzo deportivo y proyectar a México ante el mundo.
Hoy, su silueta inconfundible sigue siendo parte del ritual universitario: gritos de “¡Goya!”, tardes de partidos, competencias atléticas y momentos que se quedan grabados en la memoria colectiva.

Su construcción marcó un antes y un después, porque desde muy temprano se convirtió en punto de encuentro para competencias nacionales e internacionales.
Con el tiempo, el estadio se volvió un escenario multiusos: atletismo, futbol, futbol americano, ceremonias, conciertos y eventos masivos. Pero, sobre todo, se consolidó como un lugar emocional: el sitio donde la comunidad se reconoce, se reúne y se celebra.
En 1968 se inmortalizó como sede principal de los Juegos Olímpicos de México. Ahí se vivieron las ceremonias de apertura y clausura, además de las competencias de atletismo.
Uno de los momentos más recordados ocurrió durante la inauguración: Enriqueta Basilio hizo historia al convertirse en la primera mujer en encender el pebetero olímpico. Ese ascenso, frente a miles de personas, convirtió al estadio en un símbolo internacional del olimpismo y de un México moderno que quería dialogar con el mundo.
El Estadio Olímpico Universitario forma parte del Campus Central de Ciudad Universitaria, reconocido por su valor arquitectónico y cultural. Es un lugar donde la identidad universitaria se vive en grande… y donde la historia se puede leer en piedra.
El Estadio Olímpico Universitario se asienta en el Pedregal de San Ángel, un paisaje de roca volcánica formado por la erupción del volcán Xitle. Ese entorno oscuro y rocoso no fue un obstáculo: se convirtió en parte esencial del diseño.
Su forma evoca el cráter de un volcán. El estadio se integra al terreno y dialoga con él: basalto, piedra, textura y relieve se vuelven arquitectura. Desde el exterior, la construcción se percibe como una pieza que “nace” del suelo; desde el interior, la experiencia se abre a una vista amplia que hace sentir la escala y la energía del lugar.
Más que imponerse al paisaje, el estadio lo interpreta: es una obra moderna con raíces profundas en la geografía y en la historia de México.

En la fachada principal del estadio se encuentra una de las obras más emblemáticas de la integración plástica en México: el mural en alto relieve (o esculto-pintura) de Diego Rivera, “La Universidad, la familia y el deporte en México”.
Está hecho con piedras de colores naturales. En él aparecen un águila y un cóndor —como en el escudo universitario— cobijando a una familia: un hombre, una mujer y una niña que sostiene una paloma como símbolo de paz. Debajo, una serpiente emplumada representa a Quetzalcóatl. En los extremos, dos figuras atléticas (hombre y mujer) encienden una antorcha con el fuego olímpico.
Rivera imaginó algo aún más ambicioso: un mural que cubriera todo el talud perimetral del estadio y narrara la historia del deporte en México. El proyecto no se completó, pero el fragmento que existe tiene una presencia monumental y, sobre todo, una fuerza simbólica que hace del estadio una obra inseparable de su arte.
